Hoy me encontré con Jesús, juro que lo vi y hasta me dedicó
una sonrisa. Creo que me dio su bendición.
Todo comenzó con mi eterna rutina matutina camino al
trabajo; salgo de mi hogar, camino cinco cuadras y llego al metro, me asaltan
en la boletería (diariamente), me transformo en Kill Bill y luego en pieza de
tetrix hasta que logro ingresar al carro para avanzar tres fatídicas estaciones
(cabe señalar que para viajar en el metro de Santiago en hora pico es solo para
gente chora) Logro salir de esa jungla para ingresar a otra, el centro de
Santiago City, lugar no apto para cardiacos ni hipertensos, ni menos para gente
que camina lento.
Comienzo a caminar y
caminar casi por inercia con el piloto automático en on. En eso miro hacia la vereda
de en frente y ahí estaba, al que tantos llaman en el momento de angustia, el
famoso “Flaco Henri”. Dice la leyenda que fue llamado así una de esas noches
frías por el Tito, ese hombre de 40 años que lo perdió todo menos las ganas de
tomar cartoné; bueno en una noche de
julio, esas bien heladas, donde se te congelan hasta los suspiros el Tito
estaba empinando el codo mientras ahogaba las penas por todo lo que recordaba de su pasado, en ese momento,
apoyado en la puerta de la iglesia se le apareció Jesús, pero como el no
recordaba su nombre por su estado etílico lo único que atinó a decirle fue
“Flaco Henri” o lo que se le entendió de su balbuceo mientras lloraba, no
sabemos a ciencia cierta si quien se le apareció fue al que todos llaman hijo
de Dios, pero si que después que el Tito le lloriqueo y conto sus penas a los
días dejó el copete y comenzó a trabajar como cuidador de la iglesia.
Cuando lo vi ahí en la vereda de en frente, con su pelo al
viento, con su rostro bronceado y su sonrisa blanca quedé atónita, se me pasó
hasta el sueño. La verdad no pude dejar de mirarlo, sobre todo cuando reparé en
el cartel que acompañaba su sonrisa.
HAMBURGUESAS DE SOYA A 500
Fue ahí cuando me di cuenta que Jesús era un
cocinero-comerciante y no carpintero como lo dice la biblia.